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Una explicación antes de entrar en el tema:
Es probable que algunos reconozcan el texto ya que lo escribí hace algunos años, pero siento que es una buena ocasión para retocarlo y mostrarlo nuevamente, ya que refleja con bastante fidelidad la situación que vive en los últimos muchos años nuestra América Latina, víctima de la desidia de los que habiendo recibido el mandato de conducirla hacia el mañana lo que hicieron fue empujarla al precipicio, ya que mientras desfilaban con sus coloridos uniformes al compás de sus garbosas marchas militares, la patria que gobernaban se les moría entre las estrofas de los himnos con que se llenaban la boca y el orgullo.
Esa es la América Latina que cayó víctima de sus verdugos - traidores llenos de uniformes de gala y de patriotismo demencial - que mientras se dedicaban a afilar sus espadas y a engordar sus ahorros, las estadísticas que no se publicaban se llenaban de desaparecidos y desaparecidas, de torturados y torturadas, de huérfanos y huérfanas, y las cuentas corrientes de los torturadores y de los generales, de rodajas cada vez más grandes expropiadas con nocturnidad y alevosía de los presupuestos nacionales; y el mapamundi se poblaba de millones de refugiados y desplazados, y los cementerios clandestinos de miles y más miles de inocentes sin nombre ni apellido, sin misas ni panteones. sin flores ni memoria.
A mí me tocó sobrevivir, pero aún estando vivo me siento un poco traicionado por los muchos que hoy se cubren con el manto sagrado de la verdad indiscutible y en su nombre mienten y tergiversan y escupen sobre los laureles de la patria asesinada y sobre el recuerdo imperecedero de los que murieron por luchar para que América Latina fuera un ámbito de gente libre y no una latrina llena de mierda; para que cada país fuera la patria de todos y no el cuartel de pocos.
El continente africano, al cual menciono con igual dolor, sufre de los mismo males y similares verdugos, que con el hambre en una mano y el Sida en la otra diezman poblaciones enteras sin que les tiemble la mano o la conciencia, mientras el mundo civilizado como de costumbre mira para otro lado.
Dedico este pequeño texto a todos aquellos que no se conforman ni aceptan el grito como consigna ni la indiferencia como respuesta, ni mucho menos el olvido como remedio.
OPERETA
Posible primer acto:
Un reloj muestra el pasar del tiempo. 11 horas, 23 minutos. La cámara enfoca simultáneamente dos escenarios diferentes pero iguales: un viejo y hermoso subcontinente y un más viejo aún pero no menos maravilloso continente. Sobre la arrugada epidermis de ambos, un par de caminos asfaltados con cuerpos de niños definitivamente muertos de hambre y sed por todos lados. En algunos de ellos se vislumbra una pregunta petrificada en los ojos. En otros, una sonrisa congelada para siempre sobre el lecho mortal de sus labios. De unos cuantos de ellos, una mirada de impotente decepción abandona de puntillas los ojitos definitivamente abiertos al nunca más.
Los caminos terminan ex abrupto. Frente a la desahuciada América Latina (que de ella estamos hablando), el dedo acusador apunta tanto al conquistador de otrora como al de ahora, y en la mano de la que ese dedo es parte inseparable, un mapa que metrifica el precipicio que separa las buenas intenciones de la dura realidad.
Cansada y desangrada, África (que también de ella estamos hablando) se sienta, y sin querer levanta la vista al cielo y llora. Baja la cabeza y escupe un silencioso grito de rabia.
Los caminos, que mientras tanto agonizan bajo el peso de sus propios errores y de sus no pocas traiciones, se confiesan y piden perdón curva a curva, y los muertos - jovencitos y jovencitas, niños y niñas, pobres y miserables, todos con la esperanza truncada ad æternum - protestan silenciosamente.
La América al sur del Río Grande y la África que se agarra con uñas y dientes al dobladillo de Europa intentando no ahogarse en el intento, a duras penas se levantan, sacan de sus mochilas algunas viejas y arrugadas ilusiones, las plantan a la vera del presente y siguen caminando.
Primer plano de sus espaldas cuando se alejan, mostrando el encuentro de esas dos paralelas que desencorvan el cuerpo a cada nuevo paso que dan.
Posible segundo acto:
Un reloj de oro y brillantes muestra el pasar del tiempo. Mismo día. Misma hora. Picadero de un circo. Sin público. En el medio del terreno, una gran mesa, y a su alrededor 4 cardenales muy bien alimentados, 15 generales muy pero que muy millonarios, 7 sindicalistas que viven como nababos, 5 periodistas que aprendieron a escribir lo que le ordenan y a cobrar por ello, y 8 mega capitalistas que hicieron fortuna fabricando bombas y vendiendo muerte. Entre copa y copa se reparten los papeles principales del drama mientras se ríen a carcajada limpia de la desgracia ajena.
Al mismo tiempo en que la imagen se esfuma progresivamente, se escucha el eco de los estampidos de las armas policiales que apuntan contra todos los pueblos de la región, y en los cementerios oficiales y clandestinos se declara el estado de alerta, y los epitafios se frotan las manos esperando ansiosos la llegada de sus nuevos y jóvenes propietarios.
Posible tercer y último acto:
Que cada uno lo escriba como mejor pueda. Con hechos y palabras; con discursos y acciones; con propuestas y decisiones; con verdades y sus lecciones, porque cuantos más seamos los que intentemos escribir un camino sin curvas ni emboscadas, sin baches ni trincheras, sin pántanos ni precipicios, más cerca estará el día en que nuestro esfuerzo se transforme en una tangible realidad.
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